Atrium: las preguntas de los niños

¿Quién es Dios? ¿Dónde estaba yo antes de nacer? ¿Cómo es que estoy aquí? ¿Con quién estaba Dios antes (de la creación)?

¿Quiénes son el papá y la mamá de Dios? ¿Dónde está la abuela (que murió)? ¿De dónde sale la vida? ¿Cómo crecemos? ….

En estas edades, los niños aún no buscan respuestas académicas y abstractas, y sin embargo son inquietudes profundas a las que merece la pena prestar atención como educadores, como padres. Nos confundiríamos si tratáramos de responder de manera intelectual, como aquel que responde a las cuestiones de un examen. Entonces, ¿de qué manera podemos abordar estos temas fundamentales sobre el origen y el sentido de la vida desde la perspectiva de un niño pequeño?

La capacidad de admiración o de asombro es una actitud esencial del espíritu humano, muy presente en los niños. Los primeros filósofos ya constataban que el asombro es el inicio de la sabiduría. Así, el motor del aprendizaje infantil es el asombro; es lo que motiva a investigar, a querer saber más, a pensar y en definitiva, a aprender. Los niños llegan a comprender e interiorizar muchas cosas del mundo que les rodea gracias a su capacidad natural de asombro, que les hace mirar y hacer o escuchar lo mismo, una y otra vez, hasta que llegan a comprender. Este proceso no es necesariamente exteriorizado de forma llamativa ni verbalizado.

La observación y la cercanía al niño, desde la relación de confianza, especialmente la de sus padres, es lo que permite saber cómo encaminarles hacia las respuestas que les llenan de alegría y gozo, pues corresponden a las exigencias profundas de sus almas.

Durante el mes de febrero trabajamos en Atrium la parábola de la semilla de mostaza, que explica la semejanza entre el Reino de Dios y una semilla, la más pequeña de todas, pero que un hombre plantó en su campo y de ella creció un árbol tan alto, que hasta los pájaros hicieron nidos en sus ramas.

Enseñamos distintos tipos de semillas a los niños, también la de mostaza. Son de distintos colores y tamaños, y comentamos qué tipo de planta crece de cada una de ellas. Después cada niño siembra su propia semilla. Es algo sencillo: un vaso, algodón y unas cuantas lentejas. Bastará un poco de agua y la luz del sol para que estos puntitos marrones empiecen a transformarse y de ellos surja, poco a poco, con paciencia y cuidado, una pequeña planta.

La belleza de la realidad más sencilla ofrece respuestas a los niños sobre el misterio de la vida que crece, revelando la perfección del mundo que Dios ha creado. 



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